En la categoría de Música y Ópera

Premio Fronteras del Conocimiento a George Benjamin por “modernizar el lenguaje operístico” manteniendo una forma “rigurosa y detallista en todos los aspectos compositivos”

El jurado otorga el galardón al maestro británico por “su extraordinaria aportación y su impacto en la creación contemporánea en los ámbitos de la música sinfónica, la ópera y la música de cámara”. Sus cuatro óperas, que han alcanzado éxito mundial y todas en colaboración con el dramaturgo Martin Crimp, “proponen nuevas estructuras narrativas y mantienen una dramaturgia que conecta y conmueve al público del siglo XXI”, según destaca el jurado. Alumno destacado de Olivier Messiaen, que le definió como “el músico más importante desde Mozart”, fue el compositor más joven en estrenar en los BBC Proms de Londres; su música se ha presentado por las orquestas e instituciones más importantes del mundo. “La ópera impacta y provoca una profunda resonancia en las cosas que son importantes para nuestro mundo. Nos enfrentamos a grandes retos, casi aterradores, pero la música puede llegar al corazón de la gente de un modo diferente a cualquier otra cosa. Lo que me guía es componer algo que quizás permanezca y abra un pensamiento nuevo y significativo”, asegura el premiado.

4 abril, 2024

Perfil

George Benjamin

El Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Música y Ópera en su XVI edición se ha otorgado a Sir George Benjamin (compositor, director y catedrático Henry Purcell de Composición en el King’s College de Londres) por “su extraordinaria aportación y su impacto en la creación contemporánea en los ámbitos de la música sinfónica, la ópera y la música de cámara”, según destaca el jurado.

“Con un lenguaje musical muy personal y reconocible” –continúa el acta– “es capaz de comunicar con el público de manera directa, sin renunciar a una factura rigurosa y detallista en todos los aspectos compositivos, destacando especialmente su dominio de la orquestación, la tímbrica y una arquitectura de la forma impecable”.

Su música sinfónica y de cámara ha sido interpretada por las orquestas e instituciones más importantes del mundo, pero el jurado destaca que con sus cuatro óperas –Into the Little Hill (2006), Written on Skin (2009-12), Lessons in Love and Violence (2015-17) y Picture a day like this (2023)– “Benjamin consigue modernizar el lenguaje operístico, proponiendo nuevas estructuras narrativas y manteniendo una dramaturgia emocional que conecta y conmueve al público del siglo XXI”.

Tal y como reconoce Víctor García de Gomar, secretario del jurado y director artístico del Gran Teatre del Liceu: “Probablemente estamos hablando del nombre más representativo de la música contemporánea y que todavía está en un momento creativo importantísimo; cada título nuevo que presenta en su catálogo es esperado por el mundo, especialmente en las óperas: cada cuatro o cinco años está escribiendo una nueva ópera, y con esta cadencia y su enorme calidad, consigue que se genere esta expectativa”.

De los Beatles a Bach, Chaikovski, Stravinsky y Schubert

Con tan sólo siete años, George Benjamin ya había recibido una gran influencia musical por parte de su familia, muy melómana aunque no de manera profesional. El pop de mediados de la década de los sesenta del pasado siglo era una pasión para él, especialmente a través de su hermana mayor, con la que escuchaba una popular emisora de radio en la pequeña habitación que compartían. Esta pasión le duró hasta que fue a ver la película de Walt Disney Fantasía (1940), un largometraje musical con composiciones de Bach, Chaikovski, Stravinsky y Schubert, entre otros: “Me quedé paralizado y me convertí, casi como si se tratara de una conversión religiosa, en un solo día, y no sólo me volví intolerante hacia cualquier otra música, sino casi hacia cualquier otra cosa en el mundo. Esa música me parecía mucho más hermosa, maravillosa, emocionante y profunda que todo lo que había conocido hasta entonces. Así que me convertí en un fanático musical, me temo. Como pueden serlo los niños. Y no estoy tan seguro de que sea un error“, asegura el premiado, en una entrevista realizada poco después de conocer la concesión del premio.

Desde esa corta edad, siete años, comenzó a estudiar música y a los nueve compuso su primera pieza. Durante sus primeros años como estudiante recibió clases particulares de composición y piano en su Londres natal, y desde principios de los pasados setenta lo hizo con Peter Gellhorn como mentor, quien en el año 1976 le llevó a realizar una audición ante Olivier Messiaen. Para Benjamin, aquel fue un encuentro totalmente transformador: “Tuvo una inmensa influencia. Además de ser un gran compositor, era una persona dulce, amable, generosa y maravillosa. Hace más de 30 años que nos dejó, pero sigo echándole de menos. Y aprendí mucho de él, en términos de técnica como de modelo de artista, pero también su forma de vivir y de amar la música; era contagiosa. Bastaba con verle tocar un acorde de Debussy o de su propia música para aprender más de lo que aprenderías en mil horas con alguien que no estuviera a su nivel. Me he alejado mucho de su mundo ahora, lo cual es absolutamente correcto, y es lo que él querría como profesor. Pero su impacto en mí y lo que le debo es indescriptible”.

La admiración que Benjamin expresa por Messiaen es similar a las expectativas que el maestro puso en su pupilo, del que llegó a decir que era “el Mozart de su tiempo”. Una afirmación que se hizo enormemente conocida en la época y que puso cierta presión sobre Benjamin, tal y como rememora: “Yo me he tomado la música terriblemente en serio desde que era un niño pequeño. Me parece lo más importante que existe. Así que la presión de hacerlo lo mejor posible y de hablar de la forma más honesta, auténtica y, espero, hermosa, ha estado siempre conmigo, y en realidad no ha cambiado. Sí, tener cierta exposición pública cuando era realmente muy joven añadió cierto tipo de presión porque ya no era un mundo privado, sino un mundo ligeramente más público”.

Durante los siguientes cuatro años, Benjamin continuó su formación en la capital francesa, en el Conservatoire National Supérieur de Musique et de Danse de Paris, con Messiaen, “su principal maestro”, hasta que tuvo lugar otro de los grandes hitos que marcaría la joven carrera musical de Benjamin: su pieza orquestal Ringed by the Flat Horizon (1980) fue interpretada en los prestigiosos Proms de Londres por la BBC Symphony Orchestra y bajo la batuta de Sir Mark Elder. Se convertía así, a sus veinte años de edad, en el compositor más joven en ser programado en este festival, un hito que continúa todavía sin batir. Tan solo dos años después, cuando estaba continuando sus estudios con Alexander Goehr en el King’s College de Cambridge, Sir Simon Rattle dirigió a la London Sinfonietta en el estreno mundial de su pieza de cámara At First Light (1982).

Su estancia en París también permitió a Benjamin realizar un curso de unas semanas en el IRCAM, creado y dirigido en esa época por Pierrez Boulez (Premio Fronteras del Conocimiento en 2012), lo que le dio la oportunidad de acercarse a la creación más vanguardista en términos de tecnología, así como a aumentar su ya elevado interés hacia instrumentos inusuales: utilizó teclados microtonales desarrollados por el IRCAM para Antara (1987), su famosa pieza para conjunto y electrónica, para celebrar el décimo aniversario del Centro Pompidou, interpretada en el propio IRCAM y que fue la primera composición publicada que utilizó el programa de notación Sibelius. Otras obras relevantes en los años siguientes fueron Three Inventions for chamber orchestra (1995), para conmemorar la 75ª edición del Festival de Salzburgo, o Palimpsests (2002), un homenaje por el 75º cumpleaños de Pierre Boulez, que fue, además, el encargado de dirigir el estreno absoluto de la primera parte de la pieza.

En todo este tiempo Benjamin tenía claro que se acercaba el momento de crear la que para él es la forma más completa y compleja del mundo musical: su primera ópera: “El caso es que de niño me encantaba la ópera. Es decir, estaba obsesionado con ella en cuanto la descubrí, y lo que más me gustaba era la ópera oscura y aterradora. Quise componer ópera desde muy joven, cuando tenía 10 años. ¡Soñaba con óperas!, pero compuse mi primera ópera cuando tenía unos 45 años. Y la razón principal es que tardé entre 20 y 30 años en encontrar al colaborador perfecto: el autor Martin Crimp. Sin él, probablemente jamás me hubiera convertido en un compositor de ópera. Hoy no estaría recibiendo este premio. Así que eso es lo primordial. Ha sido un hecho absolutamente transformador para mí como compositor y es lo que me permitió alcanzar mi sueño de componer la forma artística más maravillosa: la ópera”.

Una pareja compositiva indisoluble

Tras docenas de encuentros con posibles colaboradores, Benjamin no encontraba la “magia” que consideraba imprescindible para embarcarse en un proyecto de esas dimensiones. Antes de conocer a Crimp, llegó incluso a desistir y a concluir que jamás escribiría una ópera: “Conocí a mucha gente, a muchos dramaturgos, cineastas, novelistas, directores, y nunca lograba conectar con ellos, ni remotamente. Y después de 50 de estas reuniones, todo se vuelve un poco embarazoso. Es muy difícil lograr que la química funcione. Y entonces me di por vencido en torno a 2003”. Pero poco después, un musicólogo e intérprete de viola de gamba, Laurence Dreyfus, que era íntimo amigo de Martin Crimp, les presentó: “En unos pocos minutos –recuerda Benjamin– supe que era diferente, que había algo especial en Martin y en su trabajo, que yo había estudiado a fondo antes de reunirme con él. Su trabajo es muy duro, pero él es una persona muy amable. Y la divergencia entre esos dos fenómenos me pareció muy interesante. Martin ama la música con una pasión intensa y tengo la suerte de haber trabajado con él cuatro veces”.

Benjamin se refiere a su inseparable colaborador de una forma muy elogiosa: “La electricidad que desprenden sus palabras, las formas que me ofrece, la forma narrativa y las estructuras que me propone… Le preocupa mucho la estructura, como a mí… Las palabras son muy sencillas, pero las estructuras que propone son muy complejas, casi como cristales. Estas cosas galvanizan mis capacidades, mi imaginación. Y compongo a mucha mayor velocidad. Con una pieza de conjunto o una pieza para piano solo o para orquesta, no cuento con esto. Tengo ideas, pero las ideas no son música. También necesito tener un vínculo pasional muy fuerte con el sonido que estoy creando cuando compongo y, sobre todo, con la armonía. Si no encuentro eso, no puedo componer. Muchas veces, sobre todo con las piezas para orquesta, puedo vagar en la oscuridad durante varios meses, bastantes meses, antes de encontrar algo. Y siempre al final de una composición voy muy rápido, tan rápido que apenas puedo dormir. Pero el principio siempre es como buscar en el inframundo un poquito de luz para encontrar el camino. Y al final encuentro algo, pero las primeras semanas pueden ser duras”.

Preguntado acerca de los temas que tratan sus óperas, Benjamin considera que el período histórico en el que se sitúen no es lo importante: “Mis primeras óperas (como espectador) fueron Salomé y Wozzeck, las óperas más oscuras de principios del siglo XX. Me fascinaba la mezcla de drama con música, y creo que es irrelevante el periodo en el que vives. El estilo tiene que mutar y cambiar continuamente. En cuanto al hecho de que nuestras obras estén ambientadas, por lo general, en periodos antiguos, pero tengan fuertes referencias contemporáneas, es una de las muchas cosas que he tenido que aprender escribiendo ópera, sin sugerir soluciones simples ni representaciones planas. Es algo que ha formado parte de mi proceso de aprendizaje. De hecho, es una gran fuente de inspiración porque es cierto que la música, el teatro y la ópera, con palabras y drama, inevitablemente se convierten en un espejo de nuestro mundo contemporáneo. Hay una extraña belleza en cómo la ópera impacta y provoca una profunda resonancia en las cosas que son importantes para nuestro mundo en este momento. Nos enfrentamos a grandes retos en este momento. Es casi aterrador. ¿Quién puede ofrecer algo? Y no me siento capaz ni siquiera de sugerir una solución a nada. Pero la música puede llegar al corazón de la gente de un modo diferente a cualquier otra cosa… Y al final, más que cualquier otro concepto o ambición, lo que me guía es componer algo que yo mismo quiero escuchar, que me importa y que es lo mejor que puedo hacer con la esperanza de que pueda haber personas ahí fuera que también sean sensibles y estén abiertas a ello y en las que pueda resonar, para que quizás algo permanezca, y abra un área de pensamiento y sentimiento que podría ser nueva y significativa”.

Una fuerte conexión con España

En su obra para orquesta y coro Dream of the Song (2014-2015) Benjamin muestra parte de la enorme influencia que tiene de la cultura española: “En esa pieza no sólo hay poemas de Federico García Lorca –cuya casa visité en Granada la primera vez que fui y cuyo piano toqué–, sino también hay textos basados en poesía hebrea del siglo XI de Andalucía, una poesía de una modernidad y belleza extraordinarias”.

Los vínculos de Benjamin con España son, según destaca, profundos, “Es un país que me encanta, he estado muchas veces y en muchas regiones diferentes. Mi primera experiencia profesional allí fue en Barcelona, donde alguien que ha seguido siendo un amigo muy querido y un fiel defensor de mi música, Josep Pons (actual director musical del Gran Teatre del Liceu de Barcelona), me invitó a dirigir la Orquesta de Cámara del Teatro Lliure de Barcelona. También me invitó a dirigir la Orquesta Ciudad de Granada, y eso me dio la emocionante oportunidad de ver el que quizá sea el lugar más hermoso de Europa, que es la Alhambra. He estado dos o tres veces desde entonces. Sigue siendo para mí una joya absoluta de la Corona de nuestro continente”.

El propio Josep Pons destaca que “conceder el premio a Benjamin es un acierto porque es un grande y pasará a la historia de la música por cualquiera de sus obras, ya sean sinfónicas, de cámara u óperas. Para mí, un hito fue cuando en la OCNE le dedicamos una Carta Blanca, que incluía distintas actividades. Una de ellas fue una proyección en la Filmoteca Nacional del Nosferatu de Murnau. George pidió verla en una versión acelerada y después, durante el pase con público, se puso al piano como en las antiguas sesiones de cine mudo e improvisó. Fue una experiencia única porque tiene una gran capacidad de improvisación y es un gran pianista. No solo es un número uno en lo musical, además tiene una gran calidad humana, una ética y unos valores que le impiden hacer concesiones”.

El maestro Pons fue posteriormente el encargado de dirigir el estreno en España de Lessons in Love and Violence, en el Teatre del Liceu en 2021, en plena era COVID, lo que, por motivos de visado, le impidió a Benjamin presenciarlo: “Hacíamos videoconferencias durante los ensayos – explica Pons– y luego él nos enviaba sus comentarios. Tiene un oído privilegiado y era capaz de identificar que una flauta había cambiado una nota de la partitura”. El propio Benjamin lo recuerda con agrado: “Pude verlo en YouTube –recuerda– y la representación fue extraordinaria. Así que esa es en cierto modo mi principal conexión con España, pero ha habido muchas otras, muchas otras veces que he venido a trabajar a su país. Admiro profundamente a España por la historia de la música clásica en los últimos 30-40 años, porque vemos el crecimiento de la música clásica casi más que en cualquier otro país del mundo, excepto quizá China y Corea. Se observa un aumento de la excelencia. Se ve una extensión en la producción, en la construcción de salas de conciertos, teatros de ópera. La calidad de los músicos españoles, de los compositores, de los directores es ahora tan grande que están en todo el mundo: percusionistas y ahora también los músicos de cuerda, de viento, de metal, están en los conjuntos más magníficos. Eso no ocurría hace 40 años. Pero también hay otra cosa: mi familia es judía, y la familia de mi madre vino de España. El nombre original era Abendana, y estoy bastante seguro de que las raíces vienen de la tradición traductora del centro de España, ya sea Toledo o más al sur. Así que siento un vínculo real, espiritual [con España]… Y en cuanto a mi familia, una conexión muy fuerte. Soy sefardí en más de un 50%. Así que sí, España es muy importante para mí”, concluye.

Como director de orquesta, el repertorio de George Benjamin incluye desde Mozart y Schumann hasta Knussen y Abrahamsen y ha llevado a cabo el estreno mundial de numerosas obras, incluyendo piezas de Wolfgang Rihm, Unsuk Chin, Gérard Grisey y György Ligeti. Desde 2001 desempeña la Cátedra de Composición Henry Purcell en King‘s College London.

Nominadores

En esta edición se recibieron 42 nominaciones. El galardonado fue nominado por Santiago Serrate, director de orquesta, profesor de Análisis y Música de Cámara del Conservatorio Superior de Música del Liceu de Barcelona, profesor de Concertación de la cátedra de canto Alfredo Kraus-Fundación Ramón Areces de la Escuela Superior de Música Reina Sofía; y Sam Wigglesworth, Performance Music Director de Faber Music (Reino Unido).

Jurado y Comité Técnico de Música y Ópera

El jurado de esta categoría ha estado presidido por Gabriela Ortiz Torres, compositora y catedrática de Composición en la Universidad Nacional Autónoma de México (México); y ha contado como secretario con Víctor García de Gomar, director artístico del Gran Teatre del Liceu. Los vocales han sido Mauro Bucarelli, coordinador artístico de la Academia Nacional de Santa Cecilia (Italia); Silvia Colasanti, compositora (Italia); Raquel García-Tomás, compositora; Pedro Halffter Caro, director de orquesta y compositor; y Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real.

En cuanto al Comité Técnico de Apoyo, ha estado coordinado por Luis Calvo Calvo, delegado del CSIC en Cataluña y director de la Institución Milá y Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF, CSIC), e integrado por María Gembero Ustárroz, investigadora científica en la Institución Milá i Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF, CSIC); Mariano Gómez Aranda, investigador científico en el Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo (ILC-CCHS, CSIC); David Irving, doctor ICREA en la Institución Milá i Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF, CSIC); y Andrea Puentes Blanco, científica titular en la Institución Milá y Fontanals de Investigación en Humanidades (IMF, CSIC).

Sobre los Premios Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento

La Fundación BBVA tiene como foco de su actividad el fomento de la investigación científica y la creación cultural de excelencia, así como el reconocimiento del talento.
Los Premios Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento, dotados con 400.000 euros en cada una de sus ocho categorías, reconocen e incentivan contribuciones de singular impacto en la ciencia, la tecnología, las humanidades y la música, en especial aquellas que amplían significativamente el ámbito de lo conocido en una disciplina, hacen emerger nuevos campos o tienden puentes entre diversas áreas disciplinares. El objetivo de los galardones, desde su creación en 2008, es celebrar y promover el valor del conocimiento como un bien público sin fronteras, que beneficia a toda la humanidad porque es la mejor herramienta de la que disponemos para afrontar los grandes desafíos globales de nuestro tiempo y ampliar la visión del mundo de cada individuo. Sus ocho categorías atienden al mapa del conocimiento del siglo XXI, desde el conocimiento básico hasta los campos dedicados a entender e interaccionar el entorno natural, pasando por ámbitos en estrecha conexión, como la Biología y la Medicina o la Economía, las tecnologías de la información, las ciencias sociales y las humanidades, y un área universal del arte como la música.

En esta familia de premios la Fundación BBVA cuenta con la colaboración de la principal organización pública española de investigación, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que designa Comités Técnicos de Apoyo, integrados por destacados especialistas del correspondiente ámbito de conocimiento, que llevan a cabo la primera valoración de las candidaturas, elevando al jurado una propuesta razonada de finalistas. El CSIC designa, además, la presidencia de cada uno de los ocho jurados en las ocho categorías de los premios y colabora en la designación de todos sus integrantes, contribuyendo así a garantizar la objetividad en el reconocimiento de la innovación y excelencia científica.